Sostener la carpeta contra mi pecho era sostener un futuro, una posibilidad que pensé ya no podría tener.
Frederick permaneció rígido al principio, sorprendido por mi impulso, por la invasión repentina de su espacio personal. Pero luego, como un glaciar derritiéndose bajo un sol inesperado, sentí cómo la tensión abandonaba sus músculos. Un brazo rodeó mi cintura, anclándome contra él, mientras la otra mano se elevó lentamente, sus dedos entrelazándose con los míos que aún aferraban la carpeta.