Las palabras cayeron como bloques de granito en el silencio de la habitación. Morales agrandó los ojos, incapaz de creer lo que estaba escuchando.
—Usted… ¿qué? —balbuceó.
—Fui yo quien empujó a Ana —repetí, con la misma claridad con la que había declarado mi “sí” en el Registro Civil—. Charlotte solo intentó ayudarla después. Cualquier huella, cualquier declaración… Es irrelevante. El culpable está aquí.
Morales carraspeó, recuperando la compostura.
—Buen intento, Lancaster, pero la víctima