Emma
Me incliné y lamí el hilo de sangre que había dejado en su labio. Él se estremeció debajo de mí, un movimiento brusco que me hizo sentir el bulto duro de su erección presionando contra mi centro.
No podía decir que no sabía lo que hacía, porque lo sabía muy bien, sabía exactamente lo que mi cuerpo quería y pedía desde que supe que él se acercaba, al fin, en mi dirección.
Quizás esa fue la razón por la que me senté a esperarlo, porque esta hambre ya era insoportable.
—¿Dirías que podemos ev