Emma
Cerré los ojos y me rendí.
Sentí cómo dos de sus dedos me penetraban, con un inicio lento y cuidadoso, abriéndome con una paciencia tan diferente a la violencia de su mirada roja.
Gemí. El sonido que salió de mí no era mío. Era más alto, más gutural, más desesperado. No reconocí ni mi propia voz. Sus dedos eran gruesos, largos, y se curvaban dentro de mí buscando hacerme ver estrellas en medio de un cielo nublado. Los movía con ritmo constante, entrando y saliendo, mientras su pulgar no dej