El rojo tardó en irse.
Primero fueron los bordes, las formas, luego las voces volvieron como agua entrando por los oídos, confusas, superpuestas, demasiadas a la vez.
Emma parpadeó.
El suelo estaba debajo de ella. El cielo encima. El patio había dejado de ser un lugar reconocible y se había convertido en un amontonamiento de cuerpos, de pies moviéndose cerca de su cabeza, de voces que no entendía todavía. Alguien gritó una orden. Alguien respondió desde lejos.
Intentó incorporarse.
Le dolía tod