Katya había salido de la habitación de aislamiento por tercera vez en la semana.
La puerta se abrió después del mediodía y una guardia la llamó por su número, no por su nombre. A Katya le daba igual. Respondía a cualquier cosa si eso significaba pisar el patio, ver el comedor, sentir espacio sobre la cabeza y mover las piernas sin tener una pared a medio metro de la cara.
Salió descalza, con el uniforme marrón arrugado y el cabello cortado al ras de la nuca. Tenía los hombros grandes, las manos