Magnus
Salí de la casa con el pecho apretado, sintiendo que el aire de la montaña no era suficiente para llenar mis pulmones. El agua caliente no había servido de nada; las palabras de mi abuelo seguían martilleando mi cráneo, pero era algo más lo que me perturbaba. Bajo mi piel, en un lugar donde antes solo residía la lealtad absoluta a la jerarquía de los Blake, ahora florecía algo nuevo. Una red de nervios que no me pertenecía, una frecuencia de radio que emitía una señal constante desde el