48.
MICHAEL
Pasan dos días enteros sumergido en papeles.
Dos días en los que mi vida cabe en carpetas, cláusulas, anexos y páginas interminables que enumeran todo lo que compré desde que tengo memoria: propiedades, cuentas, inversiones, muebles, obras de arte que nunca miré con atención. Todo eso que alguna vez llamé nuestro y que ahora intento dividir con una lógica fría, matemática, como si así pudiera amortiguar el peso de quince años.
Leo y releo cada punto.
Mitad y mitad.
Es lo justo.
Es lo correcto.
Cuando por fin le presento los papeles a Sara, lo hago con una calma que no siento. Ella los toma, los hojea en silencio. No tiembla. No llora. Su serenidad me desconcierta más que cualquier grito.
—No quiero nada —dice al cabo de unos minutos, dejando la carpeta sobre la mesa—. Nada que no haya ganado yo.
Levanto la vista, sorprendido.
—Sara…
—No, Michael —me interrumpe, firme—. No voy a vivir de tu dinero. No quiero propiedades, ni cuentas, ni compensaciones. Quiero salir de esto con