10.
RAQUEL
El timbre suena a media mañana, cuando el departamento todavía huele a café recién hecho y a una noche sin dormir. No necesito mirar el reloj para saber que es ella. Mi madre siempre llega a la misma hora, puntual, cargando bolsas que no pedí y una preocupación que intenta disfrazar de normalidad.
Abro la puerta y ahí está, con ese gesto entre sonrisa y examen silencioso que me conoce demasiado bien.
—Hola, hija.
—Hola, mamá.
Me abraza antes de que pueda decir nada. Su perfume familiar me envuelve y por un segundo tengo ganas de llorar otra vez, pero me contengo. No quiero empezar así. No hoy.
—Estás flaca —dice apenas se separa—. ¿Estás comiendo bien?
Asiento, aunque no sea del todo cierto. La dejo pasar. Deja las bolsas sobre la mesa como si ya viviera acá, como si este departamento no fuera también una pieza más del rompecabezas que todavía no sabe leer.
—Te traje empanadas —anuncia—. Por si no tienes ganas de cocinar.
No tengo ganas de nada, pero sonrío igual.
Se sienta en