Eos llegó a la mansión con el corazón latiendo desbocado, su cuerpo temblando de pánico. Galilea, quien salió a su encuentro, notó en su mirada el rastro del miedo que la consumía.
—¿Qué pasó, Eos? ¿Y el alfa, dónde está? —preguntó Galilea con urgencia.
—Ordena que lleven a los niños a sus habitaciones, te espero en el despacho —expresó, sin apartar la mirada de sus bebés dormidos en las sillas de bebé. Salió del carro y se adentra en la mansión, caminando de un lado a otro, sin saber qué hacer