Perseo sintió cómo se le nublaba la vista y perdió el conocimiento. Sofía soltó una gran carcajada llena de malicia y regocijo, saboreando su triunfo. Luego, se dirigió hacia la puerta y la abrió, revelando a dos lobos que resguardaban la entrada.
—¡Entren, desámenlo y acuéstelo en la cama! —ordenó con autoridad.
Los lobos obedecieron y se apresuraron a desamarrar a Perseo y acostarlo en la cama. Una vez terminaron, salieron de la habitación, dejando a Perseo solo con Sofía.
Sofía se acercó a P