La sangre de Eda comenzó a hervir; ella odiaba profundamente las injusticias y no podía permitir que algo así sucediera.
—¿Cómo? —preguntó, con incredulidad en sus ojos.
Marie soltó un suspiro de resignación y continuó:
—Sí, como oyes. Lo peor del caso es que nos acabamos de enterar de que ese mal nacido le vendió estos locales a un empresario multimillonario, que quiere derribar nuestros locales y construir un enorme centro comercial en su lugar.
—Eso no lo podemos permitir. —Eda sintió un