Eurides estaba furiosa mientras caminaba hacia la habitación de su hijo, golpeó la puerta con rabia. Eros abrió la puerta y, al ver el rostro enojado de su madre, frunció el ceño y soltó un gran suspiro antes de apartarse para dejarla entrar.
—Eros, quiero que pongas un freno a esa perra sarnosa de Lamia —Eurides no andaba con rodeos.
—Madre, te he dicho que no le digas así. Está aquí por petición del concejo de lobos.
—Fue a la habitación de la reina para ofenderla. Esa loba estúpida que se la