En el comedor, mientras Danna desayunaba, conversaba animadamente con Maya acerca del itinerario de las reuniones. Fue entonces cuando Danna notó la entrada de Eros con su hija en brazos. Observó cómo él la acomodaba en la silla, y por unos instantes, se quedó absorta, contemplando su camisa blanca ajustada al cuerpo y los pantalones negros a su medida que resaltaban sus bien formados pectorales. Sacudió la cabeza cuando escuchó a Maya decir con una sonrisa traviesa.
—Danna, deja de babear por