El silencio dentro de la habitación 402 del hospital San Judas era absoluto, una calma artificial impuesta por las planchas de acero reforzado que Ariadna había desplegado, Ethan Thorne, atrapado en el caparazón de su propio cuerpo, escuchaba el siseo del oxígeno y el latido electrónico de los monitores, fuera, la espuma química inundaba los pasillos y el caos se desataba, pero aquí dentro, el tiempo parecía haberse detenido.
Ethan sabía que Ariadna lo estaba protegiendo, podía sentir su rastro en cada línea de código de ese sistema de defensa, era elegante, feroz y desesperado, pero Ethan también sabía algo que ella ignoraba: Ariadna estaba jugando al ajedrez en una habitación llena de dinamita.
Julian Vane no era un rival al que se pudiera vencer con auditorías o asaltos frontales, Vane era el arquitecto de la oscuridad sobre la que se cimentó Thorne Corp. Si Vane había salido de su tumba, no lo hacía para recuperar una empresa, sino para reclamar su creación.
Con un esfuerzo que le