El silencio dentro de la habitación 402 del hospital San Judas era absoluto, una calma artificial impuesta por las planchas de acero reforzado que Ariadna había desplegado, Ethan Thorne, atrapado en el caparazón de su propio cuerpo, escuchaba el siseo del oxígeno y el latido electrónico de los monitores, fuera, la espuma química inundaba los pasillos y el caos se desataba, pero aquí dentro, el tiempo parecía haberse detenido.
Ethan sabía que Ariadna lo estaba protegiendo, podía sentir su rastro