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Edward Knoefel

Dicen que los únicos amores verdaderos son los de los perros y los de las madres. Y es cierto. Cuando llamé a Rosalie, imaginé que tendría alguna dificultad para convencerla de que soy inocente de todo lo que Hunter debe haber dicho sobre mí.

Pensé que estaría dolida conmigo, pero fue justo lo contrario. En cuanto reconoció mi voz —aunque llamara desde un número nuevo—, sentí alivio al otro lado de la línea. Decidida, mi madre me ordenó volver a casa. Dijo que me protegería de todo.

Por supuesto, mi madre me hizo algunas preguntas. Me preguntó por qué Maitê y su familia se marcharon de aquí el día de la fiesta y por qué huí con ellas. Entonces abrí mi corazón y le dije que estaba enamorado de Maitê. Pero, para que ella lo entendiera, tuve que modificar un poco la historia: para la señora Rosalie, Maitê me sedujo. Me sedujo hasta el punto de perder la noción y hacer todo lo que ella quería, incluso cuando me pidió que me la llevara con su familia.

Es bueno estar de vuelt
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