Maitê Moreli
La habitación del hotel estaba en silencio, iluminada solo por una suave luz ámbar que se escapaba de la lámpara de la mesilla. El espacio estaba impregnado de una intimidad suspendida en el aire, como si el tiempo se hubiera ralentizado solo para nosotros dos.
Hunter me observaba en silencio, con sus ojos verdes captando cada matiz de mi expresión. Cuando se acercó, sus manos tocaron mi espalda con ternura, atrayéndome suavemente hacia un beso. Era un beso lento, profundo, con sabor a una nostalgia anticipada.
Mis dedos se enredaron en su cabello y las caricias fueron intensificándose hasta que me vi rendida al calor de su contacto. Pero, en el punto álgido de la emoción, una lágrima rodó por mi mejilla. Luego otra. Y otra más.
—Mi cielo… ¿por qué estás llorando? —susurró contra mi piel, con la voz baja y cariñosa, como quien cuida algo frágil.
Aquella pregunta me atravesó por dentro. Intenté contenerme, pero fue imposible.
—Tengo miedo, Hunter… miedo de despertar de est