Edward KnoefelHace un año, cuando planeé la muerte de ese desgraciado, no imaginé que sobreviviría.El coche se hundió cincuenta metros en el río, en New Haven; de alguna manera logró salir, pero aun así se ahogó y regresó de una parada cardíaca.Quedó en coma y pensé: será fácil deshacerme de él. Pero entonces su mano derecha, Wayne, habló de la cláusula que el muy maldito había puesto en el testamento: que, si moría sin esposa ni hijos, toda su fortuna sería destinada a la caridad y a estudios para el avance de la medicina.El lacayo de mi hermanito, Wayne, es abogado. Bloqueó judicialmente los bienes de mi familia para, según él, proteger el patrimonio de mi hermano.El 68 % del dinero de la familia estaba en manos de ese desgraciado, porque el enfermo de mi padre dejó solo un 32 % para repartir entre mi madre, mis hermanas y yo; nos dejó con la miseria de un ocho por ciento a cada uno.Mientras que a Hunter, todo.No me quedó otra que dejar vivo a ese infeliz. Siempre fui el más
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