Maitê Moreli
El restaurante del hotel era digno de una portada de revista. Lámparas de cristal colgaban del techo como joyas, reflejando la luz dorada del sol que entraba por los amplios ventanales. Los cubiertos de plata brillaban sobre los manteles de lino impecablemente blancos. Cada detalle exhalaba sofisticación: desde los ramos de orquídeas blancas que adornaban el centro de las mesas hasta el sutil aroma de hierbas frescas que provenía de la cocina abierta al fondo.
Pero, por dentro, yo