—Son mis nietos.
Jean suspiró. Sabía que tarde o temprano, por esos niños, tendrían que tolerarse.
—Te avisaré cuando nazcan. Ahora no entres a echarle sal a la herida.
Los minutos pasaban lentos. Evelyn se sentó en la sala, con los brazos cruzados. Los padres de Leo y Jean se mantenían al margen, con expresiones duras, aunque se movían inquietos en sus asientos. El silencio era espeso.
En el fondo, por encima del rechazo, del desprecio contenido, existía una verdad inevitable: los nietos que e