62. Entonces sufre
Isabel
El corazón se me acelera tanto que temo que se me escape por la boca.
—No tenemos ningún trato —le escupo, apretando las sábanas contra mi pecho—. Cualquier acuerdo que tuviéramos quedó cancelado en el momento en que te comportaste como un imbécil esta mañana. ¡Me humillaste, Dante! No soy tu juguete, ni tu gramófono personal.
—No seas mentirosa —da un paso hacia el interior de la habitación, y la presión en el aire aumenta—. Tú prometiste que tocarías para mí todas las noches. Yo he cum