56. No acepta devoluciones
Dante
El silencio en mi oficina es una presión constante, un zumbido que se me clava en los oídos y me recuerda que sigo encerrado en esta jaula que yo mismo construí. No he comido. No he salido de aquí desde que el portazo de Isabel retumbó en la planta alta hace horas. La luz del sol ha empezado a morir tras los ventanales, tiñendo mi escritorio de un naranja sangriento que me recuerda demasiado al incendio de esta mañana.
Me toco la mejilla derecha con las puntas de los dedos. Todavía puedo