55. El verdadero monstruo
Isabel
—Es... sangre —susurro, y el pánico empieza a subirme por la garganta como hiel—. Dios mío, es sangre. Hay que llevarla de urgencias, hay que avisar a Dante, llamar a una ambulancia, hay que...
Estoy a punto de darme la vuelta para gritar el nombre de Cecilia o de cualquier guardia, pero la mano de la mujer se cierra sobre la mía. Su agarre es sorprendentemente firme, casi desesperado. Cuando la miro a los ojos, veo una claridad aterradora, una paz que solo tienen aquellos que ya han ace