53. Te fuiste
Isabel
Las puertas se abren y el olor a humo y gasolina inunda el lugar. Es un olor a guerra. Cuando veo a Dante entrar, mi mundo se tambalea. Está cubierto de ceniza, con el rostro manchado de negro, pareciendo el mismísimo demonio regresando del averno. Pero en sus brazos hay un niño. Un pequeño niño envuelto en su chaqueta.
La confusión me golpea tanto como el alivio de verlo vivo. Veo cómo le entrega el niño a Cecilia con una frialdad que me hiela la sangre, y luego empieza esa discusión a