52. Sus puntos débiles
Isabel
El tic-tac del reloj en el salón principal suena como martillazos contra mi cráneo. Cada segundo que pasa sin noticias de Dante es una grieta más en mi cordura. Estoy sentada en el sofá de cuero, con la pierna extendida y la muleta apoyada contra mi costado, sintiéndome como una prisionera en una jaula de oro que empieza a asfixiarme.
Frente a mí, Tomás camina de un lado a otro. Su presencia, que antes me resultaba reconfortante, hoy me pone los nervios de punta. Gianina está sentada en