38. El protector
Dante
El bastardo no solo envió a un infiltrado, sino que vino personalmente a supervisar la caída de mi fortaleza. Estuvo en mi casa. Pisó mi suelo mientras yo dormía y mis hombres se desangraban.
—Descansen —digo poniéndome en pie con una brusquedad que hace que la silla chirríe contra el suelo—. Pero no se acomoden demasiado. En cuanto puedan sostener un arma, quiero que dupliquen la vigilancia. Si vuelvo a encontrar a un traidor en mis filas, no seré yo quien los cure.
Salgo de la enfermería