32. Devolver el golpe

Dante

El olor a antiséptico y el pitido rítmico de los monitores se han apoderado de la planta baja. Mi mansión ya no es un hogar, ni siquiera una fortaleza; es un hospital de campaña. Me mantengo de pie junto a la cama de Cecilia, observando su rostro pálido contra las sábanas blancas. Verla así, vulnerable, me revuelve las entrañas de una forma que ninguna herida de guerra ha logrado jamás.

Sus párpados tiemblan antes de abrirse con esfuerzo. Sus ojos, nublados por el sedante, tardan unos seg
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