192. Me hubiese matado
Dante
—Dos —siseo, dando un paso que reduce la distancia entre Mateo y yo a menos de un metro. Mis botas de combate rechinan contra el cemento, un sonido que en este silencio sepulcral suena como una puta sentencia de muerte—. No me hagas llegar al tres, Mateo. Sabes perfectamente lo que pasa cuando llego al tres.
Mateo no se mueve. No parpadea. Se mantiene firme, con la espalda recta como un poste y los brazos pegados a los costados, adoptando esa maldita postura militar que compartimos desde