193. Di la verdad
Dante
El agua fría golpea mi rostro con la fuerza de una maldita ráfaga de metralla. Estoy de pie frente al espejo trizado del pequeño baño de servicio de la bodega, con el torso desnudo y las manos apoyadas en los bordes del lavamanos de porcelana barata.
El líquido rojizo corre por el desagüe en un torbellino espeso, llevándose los restos de la sangre del sicario que se me habían secado en la piel de los brazos y los nudillos.
Me miro fijamente en el reflejo. Mis ojos felinos se ven oscuros,