159. No juegues conmigo
Dante
—¿Qué demonios acabas de hacer, Gianna? —repito, y la frase resuena en las cuatro paredes de la oficina muerta con la fuerza de una sentencia de muerte.
Mi propia voz me suena ajena, vibrando en una frecuencia helada que solo utilizo cuando estoy a punto de quebrar el cuello de un enemigo en el campo de batalla.
La penumbra de la habitación apenas nos ilumina, pero es suficiente para ver cómo sus ojos brillan con una audacia que me resulta asquerosa.
Gianna se acomoda el cuello del saco