112. ¿Eso es sangre?
Dante
Las luces fluorescentes del pasillo de urgencias me queman las pupilas. El zumbido constante del aire acondicionado del hospital se me clava en los oídos como un pitido ensordecedor. Sigo sentado en una de estas ridículas sillas de plástico azul, con los codos apoyados en las rodillas y las manos entrelazadas. Mis manos. Mis dedos están rígidos, cubiertos por una capa costrosa de sangre seca que ya ha empezado a agrietarse con el movimiento.
Es la sangre de Isabel. Su calor ya se evaporó,