La tarde había caído lentamente sobre la mansión, como un velo de seda que se deslizaba con delicadeza sobre los tejados antiguos. La luz anaranjada del atardecer se filtraba por los grandes ventanales de la sala privada, tiñendo las paredes de tonos cálidos y suaves que contrastaban con la frialdad habitual de aquel lugar.
Los rayos dorados bailaban sobre los muebles de caoba pulida, sobre los tapices que contaban historias de generaciones pasadas y sobre los libros encuadernados en cuero que