Emma bajó la mirada.
Sabía perfectamente qué estaba buscando Natasha: la grieta en la armadura de su matrimonio, la verdad detrás de las ausencias inexplicables de Alexander. Y eso la inquietaba hasta el punto de robarle el sueño algunas noches.
— Por eso debemos fingir que no somos nada... —dijo Emma, y la frase le dolió mucho más de lo que ella se imaginaba... Porque aunque era verdad, aunque era necesario para protegerse, escucharla en voz alta hacía que todo pareciera más real, más cruel.
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