Emma al día siguiente decidió que era hora de visitar a su madre.
El hospital tenía ese silencio particular que nunca terminaba de ser tranquilo.
Emma caminaba por el pasillo con un pequeño ramo de flores entre las manos, no eran orquídeas exóticas ni rosas de tallo largo traídas de alguna floristería de lujo; eran margaritas y astromelias, sencillas y vibrantes, lo suficientemente bonitas como para intentar ganarle una batalla visual a las paredes color crema de la habitación donde se encontrab