El alfa Sebastián, el compañero que una vez me juró su devoción, ahora yacía de rodillas a mis pies, con la cabeza baja y todo su cuerpo temblando por la desesperación.
La visión de un alfa, antaño orgulloso e intocable, reducido a ese estado tan lamentable, envió ondas de choque entre los lobos reunidos. Ancianos, guerreros y miembros de la manada se quedaron paralizados, su silencio atónito fue más fuerte que cualquier grito.
Verónica, la loba que había reclamado mi lugar, estaba rígida e incr