Sobre una vasta pradera de un verde intenso, Efraín buscaba a alguien. Caminaba de un lado a otro, ansioso. La persona que esperaba no llegaba y temía que algo le hubiera pasado. Corrió por el campo y, al llegar a una colina, la vio. El rostro radiante de Claudia le sonreía.
—¡Fray, aquí, aquí!
Era ella. La había encontrado. El vacío en su pecho desapareció, reemplazado por una cálida sensación. Ella lo tomó del brazo y le gritó alegremente:
—¡Fray, lo que más amo es la libertad! Quiero vivir in