Ese día, Francisco no se fue. Llamó a su asistente, le dio un par de instrucciones y le dijo a Sara que se fuera a casa a descansar, que él se quedaría con Bianca en el hospital. Volvió a intentar llamar a Efraín, pero su celular seguía apagado. Se molestó. «Fray, ¿dónde demonios estás? ¿No te has enterado de nada?».
—Bianca, descansa un poco. —Le ofreció un vaso de leche caliente.
Ella lo aceptó con una sonrisa de gratitud.
—Francis, ¿estás seguro de que no tienes que irte? Yo estoy bien. —Beb