Después de que Francisco se fue por la tarde, la mansión quedó sumida en un silencio abrumador. Bianca se sentó en el sofá, sin ver la televisión, con la cabeza gacha, perdida en sus pensamientos.
Decidió tomar el celular y marcar un número. A los pocos tonos, una voz suave respondió.
—¿Bianca?
—Mamá… —dijo ella, sintiendo un nudo en la garganta, pero logró controlarse. Sin embargo, olvidó lo bien que su madre la conocía.
—Bianca, ¿qué pasa? ¿Estás triste? —preguntó Sara, su voz teñida de preocu