En el estudio de Francisco reinaba una tensión palpable. Él, de pie, miraba con severidad a la pareja que estaba sentada en el sofá y que, se suponía, no debía estar ahí.
—Me dijeron que llegaban mañana —afirmó con voz alterada.
Javier se giró para ver a su esposa, que le dedicaba a su hijo una sonrisa aduladora. Lorena sonrió aún más.
—Ay, hijito, queríamos darte una sorpresa. ¿A poco no te sorprendimos? Jaja.
Al oírla, Javier sintió que se le caía la cara de vergüenza. Si estuviera sorprendid