Bianca no regresó a la mansión de los Herrera, sino que fue directamente a su casa. Apenas llegó, Rosa salió corriendo a recibirla.
—¡Señorita Bianca, qué bueno que volviste!
—Sí, Rosa. —No sabía por qué, pero aunque solo habían pasado unos días, sentía como si hubiera transcurrido una eternidad. Reprimió la extraña nostalgia que la invadía y sonrió.
—¡Señor, señora, la señorita Bianca está aquí! —anunció Rosa en voz alta.
—¡Bianca! —Sara se levantó, feliz de verla. Antonio, aunque seguía sentad