Mientras Brenda se acurrucaba en el pecho desnudo de su esposo, no podía dejar de pensar en su repentino llanto de momentos antes. Ahora, con la calma instalada entre ellos, se sentía un poco avergonzada. Arrepentida, se reprochaba haberse puesto a llorar como una niña frente a él. Exhaló profundamente, intentando soltar sus pensamientos.
Decidió dejar de martirizarse por ello y dirigió su atención a los anillos que adornaban su mano, la misma que reposaba sobre el pecho de Haidar.
—Haidar… —c