De regreso en su oficina, Haidar se dejó caer sobre el cómodo y amplio sofá. Cerró los ojos, repasando en su mente cada palabra que había pronunciado. Había sido sincero, directo, y aunque la presión seguía pesando sobre sus hombros, se sentía un poco más ligero.
Amaba a Brenda. Por supuesto que la amaba. Y estaba dispuesto a luchar por ella y por los hijos que esperaban juntos.
El sonido de la puerta abriéndose lo sacó de sus pensamientos. Levantó la mirada y allí estaba Aisha, su tía, con el