Horus apareció en medio de la penumbra de la mansión. El aire, impregnado del aroma de las velas negras y el incienso de hierbas arcanas, lo envolvió como un bálsamo. El contraste con el campo de batalla era brutal: de los gritos, la sangre y el acero, había pasado a la calma de un refugio tejido por la magia.
Allí estaba Hespéride, erguida, con sus cabellos morados que parecían fluir como sombras vivas y sus labios morados entreabiertos en una mueca contenida entre la preocupación y el alivio.