El sol conocido, emergía como un farol que indicaba la realidad de que estaban en guerra. Los hombres y mujeres se despertaron para colocarse su armadura.
Era el segundo día de contienda. Hespéride lo hacía de forma manual, evitando usar su magia de oscuridad. Ajustaba una a una las piezas de su armadura con movimientos lentos, precisos, como si cada gesto fuera parte de un rito. El metal bruñido reflejaba la luz dorada del amanecer, y en su superficie danzaban los tonos púrpuras de sus marcas