Leighis estaba sola en el palacio. El silencio era casi una presencia viva, un eco que se arrastraba entre los corredores como un fantasma antiguo. Las llamas de las antorchas vacilaban en las paredes de mármol y proyectaban sombras largas, cambiantes, que parecían observarla con ojos de reproche. El aire olía a piedra húmeda, a incienso y a soledad.
El emperador Atlas la había reclamado como suya, conquistado el reino de Krónica y matado a la familia real. No había tenido más opción que unirse