El mensaje seguía iluminando la pantalla del teléfono en la penumbra de la habitación: «Si quieres saber quién eres realmente, ve al casillero 317 de la estación central antes del amanecer». Elena lo leyó una vez, luego otra, y una más, como si las palabras fueran a cambiar mágicamente o a revelar un significado distinto. Pero no ocurrió; seguían siendo exactamente igual de inquietantes, peligrosas y, sobre todo, tentadoras. Durante toda su vida había perseguido respuestas, y ahora parecía que