El teléfono cayó de las manos de Elena, rebotando una vez contra la alfombra antes de quedar completamente inmóvil en el suelo. Ella ni siquiera lo notó; toda su atención seguía atrapada en el eco de esas últimas palabras: «Tu verdadero padre no era quien creías». La frase se repetía una y otra vez dentro de su cabeza como una pesadilla, como una bomba silenciosa que acababa de destruir todo lo que creía saber sobre sí misma.
—Elena... —la voz de Alexander sonó distante, lejana, como si viniera