Valeria caminaba de un lado a otro con Liam en los brazos. Era un hombrecito de dos años y tres meses de edad al que amaba como si fuera su propia vida, quizás un poco más.
—Sucede algo que no me has dicho, ¿cierto? —preguntó George. Ella asintió con el labio mordido.
—Es buen momento para que me comunique con mi familia. De verdad necesito saber de mis padres y de mi hermano, George. Es como un presentimiento que me quema el pecho.
El hombre comprendió perfectamente la necesidad que ella tenía de estar al lado de sus familiares. Él mismo lo había sentido últimamente, luego de que lo hubieran dado por muerto y que sus propios hijos se creyeran huérfanos. La última vez que vio a su esposa fue hace seis meses; aún vestía de negro. La mujer salía de un auto de último modelo, un obsequio de un Leonid Volkov arrepentido, según la información proporcionada por su amigo Elton Barney.
—Toma —le hizo entrega de un teléfono satelital del cual ella ni siquiera sabía que existía—. Con esto jamás