Ocho meses después en algún lugar de Canadá…
El llanto de un bebé se escuchó en la noche más hermosa del año. Diciembre trajo, en plena Nochebuena, la mayor alegría a la vida de Valeria: su hijo, Liam. El pequeño era un guerrero que sobrevivió a la hecatombe nuclear en la que se había convertido la vida de su madre en un momento trágico; era la esperanza que ella se llevó consigo y por la que luchó para que su existencia fuera digna y sin tropiezos.
—Quiero que estés consciente de que te buscará y de que, pese a que es multimillonario, su inteligencia sobrepasa cualquier ventaja que tengas —le habló de manera paternal George Folk, quien tuvo que "morir" en un accidente para poder desaparecer del radar de los Volkov.
—Lo sé —respondió ella, mirando a Liam en la cunita del hospital—. Lo tengo todo controlado —Él soltó una risa seca —¿Qué? —inquirió ella—. Llevamos ocho meses sin que nos sigan.
—Orquestaste mi muerte, Valeria —señaló él. Ella sonrió con falsa inocencia.
—Y también quité