Leonid se acercó a Anya con repelús. No deseaba tenerla cerca, pero aquello era lo que había prometido y su palabra valía más que cualquier mala acción. Ella lo besó y él cerró los ojos recordando a Valeria. Decidió que sus pensamientos estarían en la última vez que estuvieron juntos en su habitación; recordó la suavidad y el aroma de su piel como si la tuviese presente. Se excitó solo con esa evocación y, aprovechando que Anya abrió el pantalón para liberar el objeto de su propio deseo, la penetró de un solo envión, lo que le causó a ella su primer orgasmo.
Anya gritó y se retorció entre los brazos masculinos pidiendo más, y él se lo entregó empotrándola contra el escritorio de madera pulida. Cada embestida fue más agresiva que la anterior. La castigó y ella le devolvió gritos y palabras ininteligibles hasta que, de pronto, miró a Antoine y sacó la lengua en una invitación que para él resultó ser más una burla. Kirill ya había descubierto la figura detrás de la puerta en una habitació